Muere Isabel, porque yo lo he dicho, el mismísimo infierno, y te desangro entre throbbing gristles, tuyos o míos, entre las patas y los nudillos rascados de costras, Isabel. Y yo como demonio, cómo demonios pienso ahogarme entre la “extrasístole” (ni sé porque digo palabras que ni sé), si por la garganta boto flemas de fuego verde, del que no quema la piel sino el alma de tu mamá… Isabel ha muerto. Juguemos a que te mato y a que me intento poner el o la corbata sin un nudo firme.
Diapositivas, diapositivas y dejo el optimismo por la muerte, es mil y una vez más divertida que tu cara. “Pero si miramos las diapositivas por otra parte…” dijo Berta, “tal vez encuentres tu extrasístole al revés, y de pronto, sólo de pronto,… ¡Mira! ¡Es la India y Nepal!” Me confundí y le dije “Berta, y ese de pronto, sólo de pronto, ¿qué forros?” Ella respondió con la mano izquierda tocándose el meñique del pie derecho y rascándose la cabeza con la mano derecha, “Isabel va a llegar tarde”.
Ponle play. El silencio y ella llega tarde, con esa maldita blusa que siempre he odiado, – me dan ganas de quemarla viva, pero con fuego plateado, esta vez – y esa infinita voz que provoca desgarrársela con un mordisco ágil gacela. Pero me atraía, me gustaba Isabel, lástima que tenga que recordarles que la sulfurada perra murió, lástimas. Pienso en ella y la describo, con esos ojos retrovisor, su inteligencia gris y sus palpitantes pasos; deslumbre de un viejo enfermo. Y cada vez que se voltea, ondas en su pelo largo, mono y cuidado (con ella), me mira y siento como si un pato estuviera detrás de mí maquinando un asalto a mi armario y virilidad, con red en mano y una silla en la otra, pero me despreocupo, y llega un vacío que llena veintiocho montañas y un balde: quisiera destronar su sexo ya. Pero recuerdo que la muy puta ha muerto. Make it sick.
Ella, Isabel, está muerta y ya no puedo hacer nada, ni chuparme el codo, tan sólo puedo imaginar, como cuando era chico, pensando en los belántrigos voladores de la cima de Kölhaund, viendo volar las dagas y espadas de Mister Krueger y su primo, y mirando bajo el espejo de la nube descansandome bajo el árbol de las doce vidas primas y sus frutos cayendo sobre mí, esfumados por mi vicio pero no por mi imaginación – aquella vez cuando decidí domar al Fujur y subirme al autobús mágico -; hoy sólo la imagino a ella consintiendo mi panela, disfrutando mis ojos y mi lectura escrita, bailando y bailando (con la vida) y bailando y bailando (con la muerte) y bailando, pero muerta. Lástima.
{Sucede que me canso, ya hablé de ella y no del día: oscuro porque se volvió noche, neblina rosada, color vino, color sangría; Isabel ha muerto, como diez de cada veinte bebés que nacen [Baptism folklore].}
Cuando fui a su velorio, decidí ir, miré a todas partes y cuando entré a la Iglesia vi la cruz de Cristo al revés, a Berta dirigiendo la misa y a un cura chupando los ojos de Isabel con una lengua verde, desatada entre la mitad, como mamba “Esto es extraño…”, medité, “¿por qué Berta está dirigiendo la misa y no el cura?”. Fue ahí cuando recordé que Satanás soy yo, boto fuego por la esfinge real, fuego que carcome un alma y trece más, y me acordé en un mismo tiempo que había escupido por detrás al ángel Isabel, desechando toda su perfección y su cielo, había devorado su existencia y ahora era mi turno de sofocarme ahogado dentro de mi propia saliva, porque realmente ya no quiero vivir entre las parejas sociales, en la infertilidad de la comunidad “pared” del descomulgante e hipócrita mundo de la muerta Isabel, la diosa del diablo.

Bien hecho. Nota: 5.0
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